Más ven cuatro patas sobre una almohada que dos ojos ante un espejo.
Allí reposaba su doncella, una joven llamada Sor Inés, cuyo hábito apenas lograba ocultar la geografía de un cuerpo que pedía a gritos un mapa menos piadoso. La pulga que les escribe se paseó aquella madrugada por el valle de su nuca, y sentí el calor del Obispo acercarse. No era calor de rezo. Era el fuego de un hombre que lleva treinta años negándose a sí mismo.
No crean, amables lectores que me toman entre sus dedos —metafóricamente hablando, pues de hacerlo literalmente me enviarían al otro mundo— que el reposar sobre la almohada de una dama fue el final de mis aventuras. ¡Qué error! Una pulga de mi oficio y calibre no se retira jamás al jardín de las camelias sin antes haber visto lo que bulle tras los confesionarios, bajo las sotanas moradas, y entre los pliegues del poder que jamás se confiesan. memorias de una pulga tomo 2
He visto más de lo que un insecto puede contar. He visto a un juez desnudarse con su secretaria mientras su esposa dormía en la habitación contigua. He visto a una monja guardar un vibrador dentro de una imagen de la Virgen del Carmen. He visto a un poeta llorar de impotencia no por la rima, sino porque su amante prefería al cochero.
Y sin embargo, querido lector, al llegar al final de este segundo tomo, debo confesar algo que jamás pensé escribir: la pulga también siente. No amor —eso es cosa de humanos—, sino una extraña ternura al verlos fracasar. Porque ustedes, los grandes, los dueños del mundo, los que aplastarían a mi familia con un dedo, son en la intimidad más ridículos y más bellos que cualquier bicho. Más ven cuatro patas sobre una almohada que
Tras sobrevivir al holocausto del baño de la Marquesa —aquella noche de vino y azufre—, salté hacia un nuevo continente: la cama del ilustrísimo Obispo de la Diócesis Secreta. Y fue allí, en el silencio de sus sábanas de hilo irlandés, donde comprendí que los pecados de la carne no entienden de hábitos ni de mitras.
La primera noche que pasé en la cabecera del Obispo, creí hallar el reposo eterno. ¡Ingenuo! Sus rezos antes de dormir eran largos, mecánicos, como quien ensaya un papel. Pero en cuanto apagaba la vela, sus manos —largas, pálidas, de uñas cuidadas— comenzaban un viacrucis muy distinto. No era calor de rezo
—No, excelencia. Es caridad.
—Sí, padre... quiero decir, excelencia —respondió ella con voz de miel a punto de derramarse.